Maximiliano

Sobre la choza pajiza con paredes de bahareque que tan solo al mirarla de lejos daba espanto, volaban en círculo unos chulos, como advirtiendo en el lugar un fiambre. Caminé atemorizado y con la mirada fija en la tranquera, inimaginable a lo que en su interior encontraría. Al llegar, empujé con suavidad la puerta, que sin darme tregua chirrió  la bisagra bermeja de tanto óxido. En seguida mis ojos dieron raudo vuelco de 360 grados, mientras el corazón se me atragantaba en la garganta por la incertidumbre y el espanto. Saltaba tan fuerte que sus pálpitos más adentro me empujaban a la vez que mis ojos en su órbita se hinchaban.

Al instante un olor nauseabundo fue agitado, desparramado, metastaciado por el vuelo apresurado de las moscas que ante la intromisión tropezaban con mi rostro. Una vez que la mancha negra zumbante, revoltosa se alejaba, divisé a Maximiliano tirado, desangrado, torturado, desmembrado, carcomido, pululante, gusaneado, putrefacto, nauseabundo, decapitado, inconocible, abandonado en un rincón del único cuartucho de la choza. Supe que era él por el diente de oro que lucía en la sonrisa trémula, difunta, obligada, descarnada de sus labios arrancados y la cachucha que días atrás le había regalado y que a pesar del decapite aún estaba puesta en su cabeza.

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